Hace tres semanas te fuiste de mi vida. El vacío que nos dejaste, es aturdidor. La casa se llenó de silencio, tu presencia ahora sólo se reduce a tu collar y tu correa, colgados del perchero atrás de la puerta; y todos tus recuerdos en mi mente y en mi corazón.
No sé porqué la vida a veces es tan injusta. No te merecías ninguna de las cosas malas que te tocaron vivir. Te encontré una noche fría de junio, mientras paseaba a mi perrita Poli. Estábamos tristes, hacía cinco meses que Negrito, el perrito que me acompañó durante catorce años, se había ido. Noté un movimiento extraño a mi costado, a la izquierda, y cuando miré, ahí estabas vos, moviendo una de tus manitos, sentado en el cordón de la vereda. Estabas triste y había desconcierto en tu mirada.
Terminé de pasear a Poli y te fui a buscar, parecía que me llamabas con esa manito que se movía constantemente. Te alcé y te traje a casa, tenías sarna. Faltaba pelito en algunas partes de tu cara, de tu cuerpo, y tenías una tristeza enorme. Al día siguiente fuimos a la veterinaria, yo sé que Jorgelina te amó desde el primer segundo en que te vió, así como te amé yo. El movimiento de tu manito era una secuela neurológica de moquillo, que estabas atravesando o ya lo habías atravesado, no lo sabíamos bien. Estabas desnutrido y empezamos tu tratamiento, no demoraste mucho en mejorar. Pensaba en recuperarte y encontrarte un hogar, pero a los dos meses que llegaste, Poli, que ya estaba viejita, también nos dejó. Entonces fuimos vos y yo.
Un día me encontré en la casilla de solicitud con un mensaje de tus dueños, que habían visto mi publicación en Facebook y me contaron que te habías enfermado, pero no tenían los medios económicos para tratarte, que vivías en una casa con un patio compartido y creían que uno de los vecinos te sacó de ahí y te abandonó porque estabas enfermo. Me pasaron fotos tuyas de bebé y pude conocer esa parte de tu historia que era un espacio en blanco para mí. Pude verte sano antes de que tu piel se enfermara y tu patita estaba sana también.
El tiempo pasó, aprendimos a querernos, a convivir, nos fuimos conociendo y tuvimos cuatro años juntos bebé, cuatro años. Hasta que empezaste con síntomas de inflamación en sacos anales y no respondías del todo al tratamiento con antibióticos, por lo que tu veterinaria indicó hacerte una ecografía y análisis de sangre. Esto fue el 2 de septiembre. Conseguí turno para la eco esa misma tarde, había notado esa mañana unos movimientos extraños en tus patas traseras. Estaba muy preocupada. Lo primero que pensé es que el moquillo se había reactivado. Para el estudio me acompañó una de mis mejores amigas. Había que sostenerte y yo sola no podía. Estabas muy bien de ánimos y energía. Dispuesto a dar pelea a esa situación extraña por la que nunca habías atravesado. Fue un momento difícil, estabas enojado y te movías para todos lados, intentando safarte de las manos y del bozal. Con angustia te miraba a vos y a la pantalla del ecógrafo. Tenía miedo de lo que podía llegar a mostrar, pero nada de lo que imaginé se comparaba con lo que realmente estaba pasando. Lo que estaba por venir era realmente inesperado. Entonces escuché las palabras "riñones" y "algo raro". Me preguntó la doctora antes de irnos cuantos años tenías. Casi cuatro, le dije. Me miró raro y me dijo que apenas se desocupara le iba a mandar las imágenes a tu veterinaria. Volvimos a casa y estabas contento, salimos a pasear como siempre, comiste tu caserito de la noche, le ladraste a la paloma que rescaté hace meses y jugaste con tus hermanos caninos, Tito y Rockito.
A la mañana siguiente, miércoles 3 de septiembre, fuimos a sacarte sangre para el análisis y llevé las muestras al laboratorio. A la salida de la veterinaria me crucé con la veterinaria que te había hecho la ecografía. Vos ibas tirando de la correa, olfateando todo como siempre, y no tuve tiempo de parar para hablar. Decidí volver a la tarde para preguntarte a tu vete que le había dicho la ecógrafa. Los resultados de los análisis iban a estar para el jueves, pero estuvieron para ese mismo día. La veterinaria lo corroboró en la página del laboratorio. Me hizo pasar al consultorio y mientras me miraba, hizo un dibujo sobre un papel, eran tus dos riñones. Uno lo pintó totalmente, estaba sin funcionar, y el otro estaba funcionando sólo a un 10 ó 20 por ciento. Tenías, con cuatro años, los riñones de un perro viejo, una falla renal crónica. Ésto es grave, me dijo. Tus niveles de urea y creatinina estaban por las nubes. Tu cuerpo se estaba intoxicando y vos no habías tenido ningún síntoma de problemas renales. La veterinaria me miró y me dijo que esos valores que estaba leyendo no tenían correlación con tu estado de ánimo. Que deberías haber estado vomitando, sin comer, ni tomar agua. Totalmente decaído. El cuadro era para internación, pero vos no estabas en condiciones de estar en una jaula con suero. Hubiera sido una tortura. Por lo que decidimos iniciar el tratamiento ambulatorio esa misma tarde. Suero y medicación para tratar la falla renal. Y así estuvimos miércoles y jueves. Repetimos los análisis el viernes y los valores habían mejorado un poco. Ese día volvimos a repetir el suero con medicación y parecía que estaba todo bien. De todas formas Jorgelina me advirtió que podías llegar a descompensarte, y me dió un pedido de internación que guardé junto con todos tus estudios.
El sábado por la mañana no te noté bien. Te ví muy caído y triste. Yo estaba organizando la casa mientras vos estabas acostado en el sillón del living. Fui al baño a lavarme los dientes y escuché que hiciste un gruñido como cuando jugabas panza arriba, remoloneando en la cama. Pero no estabas jugando, estabas convulsionando. Corrí a tu lado y te hablé suave mientras mantenía tu boca abierta, para que no mordieras tu lengua. En menos de un minuto todo había pasado. Pero no volviste a la normalidad. Empezaste a babear y entendí entonces que era hora de internarte en una clínica con guardia de 24 hs. Creí que te estaba dando una chance más y que con suero constante y la medicación necesaria ibas a mejorar. Ese día fui a visistarte a la tarde, pero estabas sedado, habías convulsionado nuevamente. Te acaricié, te dí besos y te canté, pasé mis manos por las mantas para que sintieras mi olor cuando te despertaras. Habías empezado a moverte y me pidieron terminar la visita para que no te alteraras. El domingo a la mañana, llamé para que me pasaran el parte médico. Habías convulsionado otra vez a la madrugada. Ya eran tres convulsiones en menos de 24 hs. No es alentador, me dijeron. Las convulsiones empeoran el cuadro renal y pueden dejar secuelas neurológicas. No sabía que hacer. Mi miedo más grande es que te fueras y estuvieras solo, en una jaula, rodeado de perros y gente que no conocías. Todas las mañanas me despertaba con el terror de encontrar una llamada perdida de la clínica. Ese día no estaban permitidas las visitas, así que no fui a verte.
El lunes llamé por la mañana para pedir el parte, me dijeron que habías tenido una leve mejoría y que habías comido. Le conté a tu veterinaria y pidió que repitieran los análisis de sangre para ver si estabas respondiendo al tratamiento. Esa tarde fui a visitarte y te encontré triste, con tus orejitas caídas, mirando a la pared. Me acerqué y al principio no me respondías. tardaste un poquito en darte cuenta que estaba ahí. Te acaricié y te dí besos, y entonces me diste besos en la cara. Esa luz que siempre te caracterizó ya no estaba y recuerdo tocar tus patitas y sentirlas muy frías. Los resultados de laboratorio no eran favorables, los valores de urea y creatinina habían empeorado. Cuando le pasé los estudios a Jorgelina, me dijo que te trajera a casa. Tres días con suero constante no habían hecho ninguna diferencia y verte ahí, tan triste, me rompió el corazón. Supongo que dentro tuyo no entendías que pasaba y pensaste que te habían abandonado de nuevo. Perdón si así lo sentiste, Puchito. En ese momento sentí que era un intento más por salvarte. Pero fue un intento falllido. Gracias por no irte en esa jaula y esperarme a que te buscara.
El martes al medio día te traje conmigo, te habían inyectado porque habías empezado con vómitos, la intoxicación de tu cuerpo ya no tenía retorno. Me pidieron que te diera agua de a poco, para que no vomitaras. Volviste a verlo al abuelo, anduviste en auto y te reencontraste con Tito y Rockito. Te mantuviste un poco distante, acostándote en el baño, después un poco con nosotros. Dormimos la siesta en mi pieza, con el calor del solcito entrando por la ventana. Cuando me desperté estabas en el patio, olfateando. Estabas desesperado por tomar agua, pero tenías que tomar de a poquito, así y todo los vómitos aparecieron y te llevé a tu veterinaria para que repitiera el inyectable. Mejoraste por unas horas y volviste a tener nauseas y vómitos. Esa noche solamente comiste dos pedacitos de pollo hervido y no quisiste nada más. Las cartas estaban dadas. Se nos terminaba el tiempo juntos.
Te acostaste en el suelo, en mi dormitorio. Yo te acomodé sobre un saco de lana y te tapé. Dormí en el suelo con vos. Te levantaste varias veces para orinar y vomitabas el agua que te iba dando cada vez que te despertabas. Así pasamos la noche, durmiendo a medias, acariciandote y sosteniendo tus manitos. A la mañana saliste al patio y te quedaste parado en la escalera, como perdido y asustado. Te traje conmigo alzado y te acosté en tu colchoneta y te tapé con el saco de lana con el que siempre te tapaba cuando dormías en el living. Volviste a tomar agua y ésta vez el vómito fue más grande y con un olor horrible. Estabas sufriendo. Ya no tenía sentido. Tuviste una vida feliz conmigo, no podía ser tan egoista de retenerte en esas condiciones y que te llevaras recuerdos tan tristes. Toda esa semana fue intensa. En sólo una semana se nos había dado vuelta la vida a los dos, pero el cuerpo lo estabas poniendo vos. Yo estaba dispuesta a luchar y darle pelea a la enfermedad, si vos decidías darle pelea también. Pero tu cuerpo estaba diciendo basta y entendí ese mensaje.
Le escribí a Jorgelina para que viniera a dormirte. Te canté, te di muchos besos, saliste al solcito con Tito y Rockito un ratito y despues quisiste bajar a verlo al abuelo. Te fuiste rodeado de amor, en paz y sin sufrimiento. Te dí un último beso y te dije que te amo para siempre. Y ví como tu cuerpito se apagaba. Gracias por aparecer en mi vida, vos me encontraste a mí y aunque pareciera que yo te salvé a vos, en realidad vos me salvaste a mí. Gracias por este aprendizaje. Gracias por enseñarme que la vida es un segundo y por darme tu amor incondicional. Fue un privilegio tenerte en mi vida. Ojalá que volvamos a encontrarnos y gracias por haberme dado un día más junto a vos.
Te amo con todo mi corazón perrito de cejitas marrones, manitos de teclado, lunarcito de corazón invertido, te amo, ayer, hoy y siempre.





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