Es algo que detesto, pero no me quedó más opción. Siempre caigo en el mismo error de esperar a que llegue la inflamación; y olvido que con la inflamación llega el dolor.
Mis pies cuentan con más torceduras de las que puedo contar con los dedos de una mano. La última fue hace unos meses, paseando perros en la guardería, y hoy, se repitió el episodio paseando a mis perros, que muchas veces me llevan flameando, cual bandera al viento.
La vereda estaba tapada de hojas secas, típico y esperado, ya que estamos casi tocando las puertas del invierno. Pero saben, a todos esos crotos que no lo hacen, les digo: se pueden barrer, carajo! Tapado por las hojas, ahí estaba el pequeño cantero, y una mala pisada fue suficiente, para que mi tobillo se torciera. Lo preocupante fue escuchar el ruido de los huesos: "crack". Vi las estrellas, ángeles y ovejas; todo lo que se les ocurra, vi. Pero minutos después pude apoyar el pie y seguir mi camino.
Para evitar lo que justamente estoy pasando ahora, me tomé un analgésico y antiflamatorio potente, de esos a los que sólo acudo cuando mis migrañas me desarman del dolor. Pero no sirvió de nada. Ahora tengo el tobillo deformado de la inflamación y, por supuesto, no puedo apoyar mi piececito. Así que gateando, sí, de rodillas en el piso, como bebé, me desplacé por el departamento buscando la palangana, hielo y una toalla. Y aquí estoy sentada, con el teclado en la falda, escribiendo estas lineas.
Me tiemblan las manos del dolor.
Necesito que me canten soft kitty
Cambio - fuera
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