
No la festejo, realmente. El veinticuatro de diciembre es el cumpleaños de mi señor padre. De niño,contaba, le afectaba recibir un sólo regalo, cuando en realidad deberían haber sido dos, uno por la navidad y otro por su cumpleaños.
Pasaban las diez en el reloj cuando mi hermana llegó con su novio y la beba. Habíamos pactado para las nueve treinta, pero supongo que la puntualidad se fosiliza una vez que una se convierte en madre. Quizás la espera se me hizo eterna porque las discusiones entre mis padres me estaba saturando. "Me rompés todo, vieja bruja"
Pasé toda la mañana cocinando para este cumpleaños Y la verdad que me dolió... bueno no, me molestó... tampoco! Fue frustrante ver a mi madre comiendo papa y zanahoria hervida y a mi hermana con un pedacito de carne hervida y una parvita de maní en el plato.
Que depresión. Menos mal que mi señor padre y mi señor cuñado comieron lo que cociné yo. Fui la que más comí. Después de repetir dos veces el postre, me tomé tres copitas de sidra e ingresé en mi camita para dar fin al terrorífico día, a la una de la madrugada.
Menos mal que hasta el año que viene no tengo que volver a pasar por esto.
2 comentarios:
por otros motivos me pasa casi calcado, beso Mar :)
Bueno, lo peor ya pasó. Sobrevivimos, es lo que cuenta=P Menos mal que el 31 no me quedo acá. Beso!
Publicar un comentario