Fue una de esas mañanas en las que la rutina es interrumpida por un hecho no esperado. En realidad, mi semana se caracterizó por acontecimientos no planeados. Todas esas interrupciones que te van complicando el día, te van obstaculizando.
Seis de la mañana, salgo de casa y, al cerrar la puerta del jardín, veo que alguien viene caminando. Giro, dándole la espalda a esta persona, y empiezo a caminar con mis perros.
Caminé una cuadra, dos cuadras, tres cuadras. Escuchaba sus pasos caminando atrás, pero, aunque extraño, no era imposible que su trayecto coincidiera con el mío por tres cuadras.
Cuatro cuadras, y habiendo cambiado de dirección, todavía seguía. Crucé de vereda, también cruzó. Volví a hacerlo, él también.
Siete cuadras, vuelvo a cambiar de dirección. Todavía me seguía, sin ningún disimulo. Siempre atrás, siempre produciendo ese sonido particular, como si le pesaran los pies, los arrastraba, y podía escuchar ese roce con la vereda.
Once cuadras. Empecé a sentir esa sensación de impotencia que explota adentro mío cuando algo injusto pasa. Me pasa en discusiones, en las que siento que, cuando mi capacidad de razonar se agota, me violento. Y tiemblan mis manos, y mis piernas se aflojan.
Junté un pedazo de ladrillo del suelo.
Respiré profundo. No quería que la desesperación me invada. Es algo que aprendí de los perros. Cuando un perro corre para atacar a otro, el perro en peligro corre y, automáticamente, el agresor se empeña en alcanzarlo. Pero si el perro en peligro se queda parado, el otro se queda parado. Hay tensión, se olfatean. Pero nada pasa, porque ninguno se convirtió en víctima, y entonces se imposibilita la existencia de un victimario. Si no hay sumisión, no hay sometimiento.
Once cuadras y media. Mis perros paran a olfatear el pasto, y esta persona se acerca. Me quedo parada de frente, mirándolo. Entonces se frena frente a mi.
— ¿Que querés? — Pregunté
No hubo respuesta
— ¿QUE CARAJOS QUERÉS?
Silencio absoluto. Simplemente me miraba, y se tambaleaba un poco, como una hamaca, adelante, atrás.
— ¿VOS ME ESTÁS JODIENDO A MI?
Silencio.
Entonces empecé a echarlo. Le grité de todas las formas posibles y con toda mi voz que se fuera.
— ¡TE VAS DE ACÁ!, ¡TE LAS TOMÁS!, ¡ANDATE!, ¡FUERA!
Reanudó la marcha, pero no muy decidido a irse. Caminaba lento. Yo crucé de vereda una vez más, pero él no. Mis perros pararon y empezaron a olfatear el pasto. Saco una bolsa del bolsillo de atrás y empiezo a juntar. Cuando vuelvo a levantar la vista, no estaba. En la cuadra doce había desaparecido.
Me puse en marcha, pero volví algunos pasos, para no continuar por el lado en que lo había visto por última vez. Avanzo unos metros, después de cruzar la calle, y volví a escucharlo. Al darme vuelta volví a verlo.
Catorce cuadras. Ya estaba en la esquina de mi casa. Por supuesto que en la vereda opuesta. No pensaba, bajo ningún concepto, intentar entrar a mi casa. El me había visto salir de ahí. Mi mayor miedo era que intentase meterse cuando yo abriera la puerta.
A una cuadra de distancia, veo al barrendero municipal que me saluda todas las mañanas. A veces me pide que le de agua y nos quedamos charlando. Mientras tanto, supongo que él también lo vio. Porque se mantuvo caminando por la otra vereda, por la de mi casa, siguiendo de largo. Pero le dio una ojeada, puedo asegurar que reconoció el lugar del que me vio salir.
En ese momento – el barrendero estaba más cerca – se aproxima un remís. Baja la ventanilla el conductor y me pregunta "¿ese te estaba siguiendo?" . Le respondí que sí.
— ¿Te estaba siguiendo? — Preguntó mi amigo barrendero — ¿Cuál? ¿Ese pibito que pasó recién?
— Sí, sí — dijo el remisero — Yo vi que te seguía y los empecé a seguir.
En ese momento tiré el ladrillo en el pasto de mi vereda. Lo miré y después miré al barrendero.
— Se lo partía en la cabeza si intentaba hacer algo — le dije.
En eso el remisero arranca y cuando llega a la esquina, para el auto y se baja.
— !Ahí está! — me comenta el barrendero, que tenía más visión desde su posición. — Está sentado en la esquina.
Entonces veo al remisero con un palo en sus manos. Con una agilidad de película, lo puso cara a la pared, piernas abiertas, y empezó a registrarlo. Acto seguido, lo obliga a tirarse al suelo, boca abajo. Hace señas de que llamemos a la policía. Así que entro a casa y marco el 101.
Explico la situación lo mejor que puedo, y enseguida me dicen que van a mandar una patrulla. Corto el teléfono, salgo de casa y empiezo a caminar hacia la esquina. No había llegado todavía, cuando veo una camioneta de la policía acercarse. El barrendero y su compañero, les hacen seña para que paren.
Al llegar al lugar, puedo ver a esta persona claramente. Seguía en el suelo, boca abajo. En ningún momento dijo nada. A su lado, se encontraba solamente su billetera. Pregunté si estaba armado y la respuesta fue negativa.
La policía tomó mis datos y los del remisero, pidiéndonos que en el transcurso del día, fuéramos a prestar declaración a la comisaría. Después, uno de los oficiales esposa al chico (no tendría más de 23 años) y lo sube a la camioneta. No quise mirarlo. Tampoco sé si él me miró.
Me despedí del barrendero, su compañero y el remisero. También les di las gracias. Francamente, aunque sea triste, me sorprendió la intervención de estas personas. Principalmente el remisero.
Cuando fui a hacer la declaración, y llegué a la parte del relato en la que el remisero aparecía, el oficial me interrumpió, y me dijo que era policía. Esto me conmovió. Un oficial que ya no está en servicio se tomó la molestia de seguirme para asegurarse que todo estaba bien. Se tomó la molestia de interceptar al tipo, de reducirlo y retenerlo hasta que llegara la policía. Es digno de ser destacado.
Nunca supe que quería esta persona. Nunca voy a saberlo. Espero.
Ahora pensando, la sensación que me queda es amarga. Alguien se dio el lujo de seguirme, de forma continua, pero sin hacer ni decir nada. Si tuviera que hacer una analogía, citaría el típico y molesto "el aire es libre, no te toco" mientras te pasan las manos por delante de la cara, una y otra vez.
Si yo hubiera hecho cualquier cosa a nivel físico para alejarlo – como pegarle un ladrillazo– quien hubiera estado en infracción y violando su derecho de simplemente estar ahí, porque el aire es libre y el espacio es público, hubiera sido yo. Eso es lo que más me molesta.
Supongo que habrá quedado detenido unas cuantas horas, lo cual no sé si es suficiente castigo. No se si tenía antecedentes tampoco. Espero que haya sido su lección.
Mientras tanto, yo, no puedo dejar de mirar para atrás. Necesito darme vuelta y comprobar que no está.
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