Está finalizando el mes de agosto, una época particular para mí. Se cumplió un año de mi cirugía cervical. Tenía una hernia discal entre las vértebras C6 y C7. Nunca creí que mis contracturas fueran indicio de algo importante, o grave. Jamás les presté demasiada atención. Las padecí toda mi vida, desde muy chica. Creí que tenían que ver con mi personalidad neurótica, con una manera de canalizar o somatizar mis nervios.
Cuando estuve cara a cara con el neurocirujano, que miraba las imágenes de la resonancia, entendí la complejidad de lo que me estaba pasando. Cuando un uniforme blanco, te dice que corrés riesgo de perder la movilidad de tus piernas y brazos, es una cachetada que te despierta, es una pinza que te levanta los párpados y te obliga a ver.
En esos momentos de la vida, cuando se presentan este tipo de situaciones límites, te cambia la perspectiva, cambian las prioridades, valorás todo lo que tenés, porque el miedo de perderlo, de repente se vuelve una amenaza real.
No estaba preparada para lo que vino. Todos los días previos a la operación, pensé en la posibilidad de que algo saliera mal. Y te das cuenta, que quedás en manos de otras personas, y que una vez anestesiada, ya deja de ser tu batalla, y lo que pase, nada de lo que pase, depende de vos. Y vino, mil veces, a mi mente, la imagen de mi suegro, que jamás se despertó. De mi novio, que no quiso ir a saludarlo antes, pensando que tendría la posibilidad de verlo, saludarlo, abrazarlo, discutir con él, mil veces más. Y ese reencuentro quedó trunco. Y quedaron hijos sin un padre, una mujer sin esposo, una casa sin dueño, una escuela y alumnos sin profesor. Así, con la brutalidad de una ausencia definitiva, concretada en segundos.
Pensé en mi novio, mis perros, mi familia, mis amigos. Y por primera vez en mi vida, sentí terror. Terror que me acompañó al quirófano, que me acompañó la primer noche de internación, donde dormirme era un lujo que no quería darme. Tenía miedo, ya sin la anestesia, que algo, algo pasara y no me volviera a despertar. Me siguió a la sala de rayos x, cuando me hicieron parar por primera vez, y me dejaron ahí, con dos personas de las que no recuerdo ni siquiera sus caras. Solamente sus voces. Y sentí que algo no estaba bien, sentí que las piernas no me respondían, que se aflojaban como gelatina, y empecé a sofocarme y la visión se me nubló. No recuerdo cuanto demoraron en traer la silla de ruedas, pero para cuando me sentaron, yo ya tenía los ojos cerrados, las manos completamente transpiradas y sentí un pinchazo en uno de mis dedos. Eso fue lo último que advertí; después, la luz se apagó.
Cuando me desperté, estaba acostada, en la habitación. Después de tres sueros, lograron estabilizarme. Se me había bajado la presión y me descompensé. Desde ese episodio, llegó el terror a estar sola. Había gente en la habitación, era compartida, pero tenía miedo de que algo pase, y no llegar a apretar el timbre para llamar a la enfermera. Esa se volvió mi misión, mientras estuve internada. Tener el timbre en la mano, en caso que algo pasara.
Volver a casa, no alejó los miedos. Nunca en mi vida me preocupó estar sola, y ese terror a que algo pase y no haya nadie para ayudarme, me acompañó por varias semanas. No podía dormir si estaba sola. Recuerdo la araña que se había metido en la lámpara del techo. Una simple araña me sirvió de amenaza para mantenerme alerta. Los ruidos me sobresaltaban, no podía estar frente a una pantalla, porque cualquier imagen rápida, me alteraba. Era algo que se prendía de golpe, adentro mío, y no me dejaba quedarme quieta, no me dejaba estar tranquila. Tenía una piedra en la garganta, y respirar era casi imposible. Pensaba que algo había salido mal en la cirugía y, a pesar de la distancia de la anestesia, el miedo seguía ahí, manteniendo mi alerta. Miedo de salir, miedo de moverme, miedo de caerme, miedo y rechazo a los pisos cuadriculados, miedo a cambiarme el cuello ortopédico, terror de caerme en la ducha al bañarme. No podía comer sola, cambiarme sola, bañarme sola. Ir al médico y estar en la sala de espera con muchas personas, me dificultaba la respiración. Había conocido el pánico y la única manera de superarlo, fue con medicación.
Después de todo lo que pasé. cambió mi forma de ver las cosas. Te cambia la perspectiva, cambian tus prioridades. Te das cuenta que hay personas, situaciones y emociones, que no valen la pena. Y que hay otras personas, situaciones y emociones, que valen todos y cada uno de tus esfuerzos. Con todo eso, me quedé. Lo demás, lo extirpé de mi vida, como me sacaron el disco enfermo y lo reemplazaron por otro. Vale la pena estar bien, valen la pena las personas que están ahí, al lado tuyo, en las buenas y en las malas. Como mi novio, que me ayudó y acompañó en todo lo que pudo, como mi bruja, amiga querida y su hermano, ahí, firmes, ayudándome con los perros. La bruja pasando tiempo conmigo, aunque estuviera cansada del trabajo, aunque tuviera ganas de irse a dormir, aunque tuviera que hacer otras cosas; se quedó, me acompañó, me ayudó. Como mi viejo, que llevó a todos y cada uno de los controles, que me apoyó cuando decidí renunciar al trabajo, que siempre está dispuesto a darme una mano para todo lo que decido emprender.
Esas son las cosas importantes, lo que vale, lo que cuenta. Los afectos, la familia, los amigos y estar bien, siempre buscar estar bien con quienes somos, valorar lo que tenemos aquí y ahora, viviendo con los pies en el suelo, apreciando lo bueno que nos rodea hoy. Mañana, no sabemos si va a estar.
Cambio - fuera
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