14 sept 2014

Cuestión de tiempo

A veces es sólo eso, cuestión de tiempo. Cuestión de agachar la cabeza y rendirse, sólo para entender que a veces no se trata de voluntad, de querer, o de desear; sino de esperar.

Ese lunes que me desperté con la cabeza completamente torcida, no me imaginé el largo viaje que me esperaba. En todo momento creí que no era nada serio, que en días todo terminaba. Minimicé todo, y esperé lo mejor, quitándole importancia a lo que me pasaba. Probablemente un super cuadro de stress de una mina super neurótica, con conducta obsesivo compulsiva.

Cuando los días pasaron y las soluciones no llegaban, sentí esa horrible sensación de descontrol. Y sólo otro obsesivo compulsivo sabe lo que se siente. Ya no importaba cuantas veces me fijara si estaba cerrado el paso de gas, las canillas sin gotear, la puerta de la heladera bien cerrada y la de calle con llave. Tenía algo en mi cuello que se había roto y salido de su lugar y nada con respecto a mi seguridad dependió de mí.

Ese lunes, cuando fui con mi cuello torcido a la clínica que queda cerca de casa, me reí cuando el doctor (muy jovencito, no creo que pisara los 30, seguro haciendo sus primeras guardias) me dijo que consultara con un traumatólogo. Sin ánimos de ofender, le aclaré, no soy muy amiga de los médicos y las pastillas... Ironías de la vida, en unas semanas me llenaron de remedios para el dolor, remedios para que los remedios para el dolor no me jodieran el estómago y de paso me dejaron el culo como un colador con inyectables... en resumen, descontrol.

Hace unas semanas lo volví a ver, al médico jovencito que me vió el día cero. ¿Yo ya te ví no?. Así que supuse que cómo me había visto desde otro ángulo (claro, tenía la cabeza torcida) y ahora además de tener la cabeza derecha tenía un cuello que me tapa la mandíbula y la pera era un panorama nuevo y revelador. También los síntomas eran nuevos. Ya sin hernia, a una semana de haberme operado, volví a la clínica cercana a casa. Esa mañana estaba en la computadora y de golpe me empezó a molestar la visión, me paré, me sentí mareada y empecé a sofocarme.
¿Mi diagnóstico? Me voy a morir. Era tal el terror que me acorraló, que cuando me tomaron la presión en la clínica, por primera vez en años, tenía mi presión baja, alta. El médico me dijo que no me podía ayudar, porque en realidad no había nada mal. Que esos síntomas tenía que hablarlos con mi neurólogo. Y me dijo que me quedara en cama.
¿En cama? y ahí empezó mi terror de dormirme y morirme. Después ya no pude quedarme quieta porque sentía que me invadía un enjambre de hormigas el pecho y todo el cuerpo y se me cortaba la respiración. Así pasé todo el lunes y el martes, sin dormir, con la mandíbula dura como una piedra, la garganta cerrada y el corazón a mil.
El martes a la tarde hablé con mi neurocirujano que me dijo que tomara rivotril. Y yo que pensaba que me estaba tomando el pelo. Convencida que algo había salido mal con la cirugía, y una semana después estaba por morirme... y tenía que tomar un ansiolítico? Yo esperaba que me internen... porque me estaba muriendo.

No tomé ibuprofeno por miedo, no comí caramelos por miedo. Mis perros ladraban y a mi se me salía el corazón por la garganta. Trataba de acostarme y cerrar los ojos, y me cacheteaba el vértigo. Hasta que esa noche recibí una visita inesperada y cuando mis perros empezaron a ladrar se me endurecieron las pantorrillas, los brazos, la espalda y se me cerró la garganta.

Otra cosa inesperada... pedirle a mi señora madre psicótica que me dé una de sus pastillas porque estaba a tres segundos de colapsar. Y así fue que dormí, y así fue que conocí el pánico, y así fue que me amigué con el clonazepam.

A veces la vida tiene esas vueltas tan extrañas... ahora soy una persona con un desorden obsesivo compulsivo que en realidad termina entendiendo que en esta vida no controlamos nada.

Cambio - fuera

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