5 jul 2011

escupiendo demonios internos

Tenía miedo. Te tenía miedo a vos.
Los gritos y los golpes retumbando en las paredes me aterraban.
No quería verte, lo que menos deseaba era encontrarme con tu cara. Y así subía las escaleras, corriendo como una chiquilina, a tender o destender la ropa en la terraza.  Me paralizaba de sólo pensar que al girar mi cabeza a la derecha, podía llegar a  toparme con esa mirada. Nunca en mi vida me voy a olvidar del primer momento en que la ví. Tus ojos eran oscuros, profundos como el abismo y tenían ese brillo helado, casi demencial, un brillo despiadado. Me miraste de reojo, y los pelos de la nuca se me erizaron.
Había algo mal en vos. No puedo olvidarme de mi abuela relatando el episodio del agua sobre tu libreta, para que tus papás no vieran las notas. Después vino tu encierro. Ya nunca volví a verte.
Tu mamá decía que estabas enfermo, en tratamiento, y que por tu bien y el ajeno, tenías que estar encerrado. Jamás la vi llevarte a ningún lado, jamás te vi salir. Siempre te oí ahí, en tu habitación, tirando puñetazos a las paredes o gritando "dejame". Pensaba que te oponías a tomar remedios, a bañarte. La violencia que se escapaba te volvía el odio en carne y hueso. Golpes, gritos. Después, silencio.
Un día pensé cómo podía ser posible que si tu patología era tan severa, no estuvieras internado. Hasta que punto era sano que te retuvieran así. Quise llamar a la policía, pero no lo hice.
Sabés, quien ha visto la locura tan de cerca como yo lo he hecho, trata de alejarse lo máximo posible. ¿Qué autoridad tenía yo para meterme en problemas ajenos? ¿Quién era yo para juzgar el proceder de tu familia, si ante cada ataque de mi mamá me derrumbé, me quedé sin armas, sin palabras, en una desolación que me atravesó por completo?. Flashes de mi mamá azotándome contra una ventana corrediza, pegándole a mi hermana con un matafuego, mi hermana y mi papá agarrándola de los brazos, de las piernas, para que parara. Pero ni de esa forma lograron frenar su furia, su fuerza.
No lo hice, no llamé.
El mes de julio se había instalado y la gripe porcina nos acechaba. Afuera, el frío azotaba. Yo volvía del trabajo, que se había visto paralizado por una orden municipal, para evitar el contagio y la propagación de la gripe. Entonces vi ambulancias y policías recorriendo la cuadra. Interrogando a los vecinos, comentando lo que había pasado.
Por primera vez en años, habías salido de tu encierro.
Te habías muerto. Desnutrido, plagado de infecciones, sin colchón, sin baño, sin estufa ni ventilador.
Esa noche el vecino volvió a pedir comida. Vi al cadete entregarle el pedido, mientras fumaba sentada en la puerta. La vecina del frente sacó a su perro como siempre y poco a poco los curiosos volvieron a su rutina.
A mi me devoró la culpa. La imagen de mi fantasía, en la que tomabas remedios y dormías en una cama, esa imagen en la que gritabas cuando te bañaban, todo se volvió un nudo en mi garganta.
Todavía no logro digerirlo.
No lo hice, no llamé a la policía.
Perdoname.

1 comentario:

V. dijo...

Impactante, realmente. Y muy bien redactado.